Al día siguiente, Mariana actuó como si nada hubiera pasado, pero su mirada era más afilada. Le sirvió a Doña Amparo medio vaso de agua y un pan duro. La anciana lo tomó sin quejarse. Sin embargo, algo había cambiado en el interior de Amparo; el miedo había sido reemplazado por una claridad absoluta.
Aprovechando que Mariana salió al supermercado, Doña Amparo llamó a Mateo y Diego.
—Mis niños —les dijo con voz suave pero firme—, ¿me harían un favor muy grande? Necesito que me presten esa tableta con la que juegan. Solo quiero que me enseñen cómo grabar un video.
Los niños, siempre dispuestos a ayudar a su abuela, le explicaron cómo funcionaba. Durante la siguiente semana, la cámara de la tableta, oculta estratégicamente entre los zapatos del pasillo o detrás de un florero, se convirtió en el testigo silencioso del infierno que Mariana le hacía vivir. Grabó los insultos, los platos vacíos que le arrojaba con desprecio, y las amenazas constantes de enviarla a un asilo.
Paralelamente, Doña Amparo le pidió a Mateo que le marcara a un viejo número de su libreta de contactos. Era el licenciado Arturo, un abogado jubilado y viejo amigo de su difunto esposo, quien le había ayudado con los trámites de la venta de su casita.
—Arturo, soy Amparo —susurró por teléfono—. Necesito que revises las escrituras de este departamento. Luis me prometió algo, y necesito saber si cumplió.
PARTE 3: La Tormenta
El viernes por la tarde, Luis llegó más temprano de lo habitual. Venía contento, con una caja de pan dulce para merendar con su familia. Al entrar, escuchó gritos provenientes de la cocina.
—¡Firma estos papeles de una buena vez, vieja estúpida! —gritaba Mariana, golpeando la mesa—. ¡Es la autorización para el asilo! Si no firmas, te juro que te dejo en la calle.
Luis dejó caer la caja de pan. Caminó lentamente hacia la cocina, sin poder creer lo que escuchaba. Al asomarse, vio a su esposa arrebatándole el bastón a su madre para que no pudiera levantarse.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Luis. Su voz retumbó en las paredes.
Mariana dio un salto, pálida, intentando componer una sonrisa nerviosa. —Mi amor… llegaste temprano. Nada, es que tu mamá está un poco confundida y…
—¡Mentira, papá! —gritó Mateo, saliendo de su cuarto junto con Diego. El niño mayor llevaba la tableta en las manos—. ¡Mi mamá trata muy mal a mi abuelita! ¡La deja sin comer y la hace dormir en el frío! Mira, lo grabamos todo.
Luis tomó la tableta con manos temblorosas. Reprodujo los videos uno por uno. Vio cómo Mariana le negaba la comida, cómo la insultaba por su enfermedad y cómo la humillaba en el pasillo. Las lágrimas rodaron por el rostro de Luis, mezcladas con una furia que nunca antes había sentido.
—Luis, yo… yo lo hago por nuestro bien, ella es una carga… —intentó excusarse Mariana, retrocediendo.
—¡Es mi madre! —rugió él, con el corazón roto—. La mujer que vendió su única propiedad para que nosotros no pagáramos renta. ¿Cómo pudiste ser tan miserable?
En ese momento, el timbre sonó. Era el licenciado Arturo, impecablemente vestido, con un portafolio de cuero bajo el brazo.
PARTE 4: El Desenlace
—Buenas tardes —dijo el abogado, entrando con permiso de los niños—. Vengo a aclarar la situación legal de este inmueble.
Mariana cruzó los brazos, a la defensiva. —Esta es mi casa, y no tengo por qué escuchar a nadie.
El abogado sonrió con indulgencia y sacó un documento sellado. —Se equivoca, señora. Cuando Luis compró este departamento con el dinero de la venta de la casa de Doña Amparo, él, en un acto de justicia, la incluyó como propietaria mayoritaria con cláusula de usufructo vitalicio. Es decir, esta casa le pertenece a Doña Amparo hasta el último día de su vida. Ella es la dueña legal.
Mariana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Luis, buscando apoyo, pero él apartó la mirada con asco.
—Señora Mariana —intervino Doña Amparo, poniéndose de pie lentamente con la ayuda de su bastón, su voz ya no temblaba—. Te di mi hogar y me arrinconaste como a un perro. Te aguanté por amor a mi hijo y a mis nietos. Pero mi amor no es ceguera. Tienes una hora para empacar tus cosas y largarte de mi casa.
—¡Luis, no puedes permitir esto! ¡Soy tu esposa! —gritó Mariana, histérica.
—Ella tiene razón, Mariana. Haz tus maletas. Yo me quedo con mis hijos y mi madre. Ya hablaremos del divorcio después —sentenció Luis, acercándose a Doña Amparo para abrazarla, llorando como un niño y pidiéndole perdón mil veces por su ceguera.
Un Nuevo Comienzo
A la mañana siguiente, no hubo gritos. El sol entraba cálido por la ventana principal. Doña Amparo despertó en la cama matrimonial de la habitación más grande de la casa, arropada con cobertores gruesos.
Al salir al pasillo, ya no había ningún colchón en el suelo. Se dirigió a la cocina, donde sus nietos y su hijo ya la esperaban sentados en la mesa.
Ese día, la casa entera olía de nuevo a frijoles recién hechos y a café de olla. Doña Amparo sirvió el desayuno. Aún le temblaba un poco la mano derecha por la embolia, pero esta vez, nadie la miró con asco; solo con profundo respeto, gratitud y amor.
La reina, finalmente, había recuperado su castillo.
