El juicio duró cuatro meses y fue mediático. La sala del tribunal en Querétaro estaba siempre llena. Claudia entró caminando con bastón, aún delgada pero con la mirada encendida. Don Ernesto la sostenía del brazo como si fuera de cristal.
Raúl llegó esposado, con traje nuevo que su nuevo abogado le había conseguido. Doña Nora, más delgada y con el cabello gris mal teñido, ya no parecía la señora de sociedad. Parecía exactamente lo que era: una anciana cruel.
El fiscal presentó 87 pruebas. La más devastadora fue el video de Claudia. Cuando lo reprodujeron en la sala, varios jurados lloraron. Raúl bajó la cabeza por primera vez.
Los peritos grafólogos confirmaron que al menos 11 firmas eran falsas o hechas bajo coacción. La transferencia de los 9.4 millones fue anulada. La casa fue devuelta a Claudia. Doña Nora tuvo que entregar las joyas y lo poco que quedaba del dinero gastado en Cancún.

Durante su declaración, Raúl intentó una última jugada:
—Ella estaba deprimida. Yo solo quería protegerla.
Claudia se levantó con dificultad y lo señaló:
—Me encadenaste como a un perro. Tu mamá me llamaba “muerta en vida”. Gastaron mi herencia mientras yo me orinaba encima porque no me dejaban ir al baño. ¿Eso es protección?
El silencio en la sala fue sepulcral.
Doña Nora, en un intento desesperado de salvarse, culpó completamente a su hijo. Dijo que él la amenazó también. Pero las grabaciones de llamadas desde Cancún donde ambos reían y planeaban “qué hacer con el cuerpo si Claudia no aguantaba” terminaron de hundirlos.
El juez dictó sentencia un 14 de febrero, día de San Valentín. Ironía cruel.
Raúl Montemayor: 35 años de prisión por tentativa de homicidio calificado, fraude y violencia de género. Doña Nora: 28 años como cómplice.
Cuando leyó la sentencia, don Ernesto no gritó de alegría. Solo abrazó a su hija y lloró en silencio. Lágrimas que llevaba guardando desde aquella noche en que rompió el candado.
Claudia vendió la casa de El Campanario. Con el dinero reconstruyó su vida en San Miguel de Allende, cerca de su padre. Abrió un despacho pequeño de ayuda legal para mujeres víctimas de violencia. Nunca volvió a usar su apellido de casada.
A veces, en las noches frías, todavía despertaba sudando, sintiendo la cadena en el tobillo. Entonces don Ernesto, que ahora vivía con ella, entraba a su habitación, le tomaba la mano y le decía:
—Ya estás libre, mi niña. Ya estás libre.
Y por primera vez en mucho tiempo, Claudia le creía.
Fin.
