La oficina estaba en el último piso de uno de los edificios corporativos más modernos de Chihuahua. A través del cristal panorámico, la ciudad se extendía brillante y en constante movimiento. Yo llevaba un traje a la medida, el cabello impecable y un reloj que costaba más de lo que Alejandra y sus hermanos solían gastar en sus vacaciones “patrocinadas”. Mi empresa de ciberseguridad acababa de cerrar un contrato gubernamental masivo. Mi vida era, en todos los sentidos, perfecta.
—Señor Ríos —repitió la voz de Elena, mi secretaria, a través del altavoz—. Le dije que usted no está casado y que los de seguridad pueden escoltarla a la salida, pero está llorando. Dice que se llama Alejandra.
Sentí una punzada extraña en el pecho. No era amor, ni mucho menos miedo. Era la curiosidad morbosa de quien encuentra un objeto antiguo que creía haber tirado a la basura hace mucho tiempo.
—Déjala pasar, Elena —respondí, ajustándome la corbata y sentándome detrás de mi pesado escritorio de roble—. Y por favor, mantén la puerta entreabierta.

La mujer que entró a mi oficina no se parecía en nada a la influencer despampanante, de uñas acrílicas perfectas y ropa de diseñador que recordaba. Alejandra vestía unos jeans desgastados, una blusa básica que había visto mejores días y llevaba el cabello recogido en un chongo desordenado. Tenía ojeras profundas, bolsas bajo los ojos y una postura encorvada que denotaba derrota. Parecía haber envejecido diez años en solo cinco.
Se quedó paralizada en el umbral, mirando el lujo de mi oficina, los reconocimientos en la pared, los servidores parpadeando detrás del cristal blindado. Sus ojos se clavaron en mí, y por un momento, vi el impacto absoluto en su rostro. Ella esperaba encontrar al Daniel sumiso, al programador de camisas a cuadros que bajaba la mirada cuando ella alzaba la voz. Encontró a un CEO.
—Dani… —susurró, con la voz quebrada.
—Daniel. O Señor Ríos —la corregí con frialdad, señalando la silla de visitas sin levantarme—. Siéntate, Alejandra. Tienes exactamente cinco minutos. El tiempo de mi empresa es costoso.
Avanzó torpemente y se dejó caer en la silla de cuero. Trató de ensayar una sonrisa, esa misma sonrisa manipuladora que usaba antes de pedirme que le pagara la tarjeta de crédito. Pero el gesto le salió torcido, patético.
—Te busqué por todas partes, Dani… Digo, Daniel. Pensé que te había pasado algo malo. Cuando desapareciste, cuando los abogados me obligaron a firmar ese divorcio por edicto… me dejaste sola. Me dejaste sin nada.
Solté una carcajada breve y seca. Fue inevitable.
—¿Te dejé sola? —Me incliné hacia adelante, entrelazando las manos sobre el escritorio—. Alejandra, tú me dejaste en una gasolinera abandonada a cuarenta y dos grados, sin dinero, sin agua y sin teléfono, por unos cuantos likes de adolescentes en internet. Lo único que hice fue tomar la decisión de no caminar de regreso hacia mi verdugo.
Ella comenzó a llorar. Lágrimas gruesas y rápidas. Hace cinco años, esas lágrimas habrían sido mi perdición. Habría corrido a abrazarla, pidiéndole perdón por haberla hecho llorar, asumiendo la culpa de algo que no era mío. Ahora, solo veía una actuación barata.
—¡Fue un error! ¡Una estupidez de César y Toño! Ellos me convencieron, tú sabes cómo son… —sollozó, intentando agarrar mi mano sobre el escritorio, pero yo la aparté rápidamente—. Yo te amaba, Daniel. Te juro que íbamos a volver por ti. Pero cuando regresamos, ya no estabas. Y luego… luego cancelaste todo. Me arruinaste.
—Te arruinaste tú sola —repliqué, implacable—. Tu canal murió porque la gente se dio cuenta de que eras una abusadora disfrazada de comediante. Tus marcas se fueron porque te volviste tóxica para el mercado. Y tus hermanos, esos valientes que me gritaban desde la ventana, apuesto a que no están aquí hoy para dar la cara por ti, ¿verdad?
Alejandra desvió la mirada hacia el suelo. Sus manos temblaban.
—César está en la cárcel por fraude con cheques —murmuró, apenas audible—. Y Toño… Toño vive con mi mamá, no tiene trabajo. Mi mamá sí enfermó de verdad esta vez. Tiene diabetes complicada. Nos van a quitar la casa en Querétaro por las deudas. Lo perdí todo, Daniel. El internet me olvidó. Nadie me contrata porque si buscan mi nombre, solo salen videos de gente criticándome por lo que te hice.
La miré sin un ápice de compasión. Era el ciclo natural de las consecuencias, algo que ella nunca había entendido en sus veintiocho años de vida porque yo me había pasado cuatro años amortiguando todas sus caídas.
—Es una historia muy triste, Alejandra. Pero sigo sin entender qué haces en mi oficina. Nosotros estamos legalmente divorciados desde hace cuatro años. No tenemos hijos, no tenemos bienes en común, no tenemos nada que hablar.
Ella tragó saliva y me miró con una desesperación genuina, cruda. Sacó un fajo de papeles arrugados de su bolso barato y los puso sobre mi escritorio. Eran notificaciones de embargo y demandas mercantiles.
—Tengo una deuda de dos millones de pesos. El banco me demandó, las financieras me están acosando. Averigüé que tu empresa de ciberseguridad es la que acaba de comprar la cartera vencida y los sistemas de cobro de CrediNorte, la financiera a la que le debo casi todo el dinero.
Ah. Ahí estaba. El universo tiene un sentido del humor exquisito y macabro.
Mi empresa no solo protegía datos; hacíamos software de automatización para grandes corporativos financieros. Recientemente habíamos adquirido una pequeña firma de gestión de cobros en quiebra como parte de una expansión estratégica, heredando miles de cuentas de deudores morosos para implementar nuestro nuevo sistema de cobranza con inteligencia artificial. Alejandra era, literalmente, un número rojo en mis propios servidores.
—Tú eres el dueño ahora —continuó ella, juntando las manos como si estuviera rezando—. Puedes borrarlo, Daniel. Puedes entrar a la computadora y borrar mi deuda. Tienes millones, se nota. Esto no es nada para ti. Por favor. Por los años que estuvimos juntos. Por el amor que me tuviste. Sálvame. Prometo desaparecer de tu vida para siempre, te juro que…
—Silencio —la interrumpí, con un tono tan cortante que la hizo saltar en su silla.
Me levanté despacio, caminé hacia el ventanal y miré la ciudad durante unos segundos. El sol brillaba con fuerza allá afuera, recordándome aquel calor infernal en la carretera a Matehuala.
—Cuando me dejaron en esa gasolinera —comencé a decir, sin mirarla—, el encargado me ofreció una botella de agua. Me dijo: “Nadie debería quedarse sin agua con este calor”. Un completo extraño tuvo más humanidad conmigo en cinco minutos que tú en cuatro años de matrimonio.
Me giré para encararla. Sus ojos estaban muy abiertos, aterrorizados ante la calma de mi voz.
—Tu familia basó su existencia en la filosofía de que “todo es una broma”. Humillar al prójimo era una broma. Pisotear mi dignidad era una broma. Arruinar mi carrera y mi reputación era una broma —caminé de regreso hacia el escritorio y tomé sus papeles de embargo—. ¿Sabes qué es verdaderamente gracioso, Alejandra?
Ella negó con la cabeza, pálida.
—Que la creadora de contenido que monetizaba mi sufrimiento, hoy venga a rogarme que cometa un delito fiscal para salvarla de la miseria —dejé caer los papeles frente a ella—. No voy a borrar tu deuda. Mi empresa opera bajo normas estrictas de legalidad. De hecho, ahora que mi sistema automatizado tiene tu ubicación confirmada, las gestiones de embargo sobre la casa de tu madre en Querétaro se van a acelerar.
—¡No! ¡Daniel, por favor, mi mamá no tiene la culpa! ¡Me vas a dejar en la calle! —gritó, poniéndose de pie de un salto, con el rostro rojo de ira y pánico—. ¡Eres un monstruo! ¡No puedes hacerme esto!
—Yo no te estoy haciendo nada —respondí, mirándola a los ojos, sintiendo cómo el último peso de mi pasado se evaporaba para siempre—. Son solo los intereses acumulados de tus propias acciones. Velos como si fueran views en tus videos. ¿No es eso lo que siempre querías? Cifras altas. Bueno, ahí las tienes.
Apreté un botón en mi escritorio.
—Elena, envía a los de seguridad, por favor. La señora ya se va.
Alejandra empezó a gritar insultos, perdiendo cualquier rastro de la mujer arrepentida que había entrado cinco minutos antes. Era la misma persona caprichosa, berrinchuda y tóxica de siempre. Dos guardias de seguridad corpulentos entraron rápidamente y la tomaron por los brazos.
—¡Eres un poco hombre! ¡Un cobarde amargado! ¡Ojalá te pudras con tu dinero! —chillaba, mientras la arrastraban hacia los elevadores.
Justo antes de que cruzara la puerta de cristal, levanté la voz, lo suficiente para que me escuchara por encima de su propio escándalo.
—¡Alejandra!
Ella dejó de forcejear un segundo, mirándome con una última, patética chispa de esperanza, creyendo que me había arrepentido.
Le sonreí, una sonrisa tranquila, en paz.
—A ver si ahora sí te haces mujer. ¡Nos vemos nunca!
La puerta se cerró. El silencio volvió a mi oficina. Un silencio hermoso, rico y lleno de posibilidades. Regresé a mi escritorio, abrí mi computadora portátil y seguí trabajando. Afuera, el sol de Chihuahua seguía brillando, pero por primera vez en mi vida, no quemaba; iluminaba.
