“Abuelo, ven por favor… pero no hagas ruido.”
La llamada entró a las dos con siete de la madrugada, cuando toda la colonia estaba en silencio y lo único que se escuchaba en mi cuarto era el viejo ventilador dando vueltas. En la pantalla apareció el nombre de mi nieto: Diego.
Diego tenía apenas ocho años.
Nunca me llamaba a esa hora.
Contesté de inmediato, todavía medio dormido, pero en cuanto escuché su respiración cortada, el sueño se me fue de golpe. Estaba llorando, aunque intentaba esconderlo, como si alguien pudiera escucharlo del otro lado de la casa.
—Dieguito, ¿qué pasó? ¿Dónde está tu mamá?
No respondió. Solo se escuchó un golpe seco a lo lejos, luego una voz de hombre, ronca y furiosa, diciendo cosas que no alcancé a entender. Después, mi nieto susurró con un miedo que todavía me quema por dentro:
—Por favor, ven.
Y la llamada se cortó.
Me quedé mirando el celular durante un segundo, con el corazón golpeándome las costillas. No necesité escuchar más. Algo estaba pasando en esa casa, algo que yo llevaba meses temiendo.
Me puse los primeros pantalones que encontré, una chamarra vieja y salí sin siquiera apagar la luz. Tomé las llaves de mi camioneta y manejé por las calles vacías de Guadalajara como si llevara fuego en las manos. Cada semáforo en rojo se me hizo eterno. Cada cuadra parecía más larga que la anterior.
Mi hija, Mariana, se había casado con Ricardo cinco años atrás. Al principio todos creímos que era un hombre trabajador, serio, de esos que hablaban poco pero se presentaban como responsables. Tenía empleo en una distribuidora, llegaba bien vestido a las reuniones familiares y siempre saludaba con una sonrisa falsa que a mí nunca terminó de convencerme.
Pero Mariana lo defendía.
—Papá, no seas desconfiado —me decía—. Ricardo solo es reservado.
Después nació Diego, y ese niño se volvió mi vida. Íbamos los domingos al parque Metropolitano, comíamos tortas ahogadas, armábamos carritos con piezas de plástico y me contaba sus secretos como si yo fuera su cómplice. Pero desde hacía casi un año, mi nieto ya no era el mismo.
Empezó a hablar menos.
Se le apagó la risa.
Cuando Ricardo entraba a una habitación, Diego bajaba la mirada como si hubiera hecho algo malo. Varias veces le vi moretones en los brazos, en las piernas, cerca del hombro. Mariana siempre tenía una explicación lista.
—Se cayó en la escuela.
—Andaba jugando futbol.
—Es bien inquieto, papá.
Pero yo conocía a mi nieto. Y también conocía el miedo.
Una vez intenté hablar con Mariana a solas. Le dije que podía quedarse en mi casa, que no necesitaba aguantar nada, que yo podía ayudarla con Diego. Ella se puso pálida, miró hacia la puerta y me pidió que no me metiera.
—No sabes cómo son las cosas, papá.
Esa frase me persiguió durante meses.
Cuando llegué a su casa aquella madrugada, la puerta principal estaba entreabierta. No había luces encendidas. El aire olía a cerveza, a encierro, a algo roto.
Entré despacio.
—¿Mariana? —susurré.
Nadie respondió.
Desde el fondo de la casa, cerca de la cocina, escuché la voz de Ricardo. Hablaba bajo, pero con una rabia contenida que se sentía peor que los gritos.
—Te dije que no lo llamaras. Te dije que tu papá no tenía nada que hacer aquí.
Me acerqué por el pasillo, con las manos temblándome, pero sin detenerme. Entonces escuché a Mariana llorar.
Después vino una cachetada.
Fuerte.
Seca.
Como si el sonido hubiera partido la casa en dos.
—¡Ya no! —gritó Diego con su vocecita rota—. ¡No le pegues a mi mamá!
Me asomé desde la entrada de la cocina y lo que vi me dejó helado. Mariana estaba en el piso, con la mejilla roja y el labio partido. Diego estaba debajo de la mesa, abrazando sus rodillas, temblando como un animalito escondido de la tormenta.
Ricardo estaba de pie frente a ellos, con una botella en la mano y los ojos perdidos de alcohol y coraje.
Entonces Mariana volteó y me vio.
En su mirada no había sorpresa.
Había súplica.
Y en ese instante entendí que mi hija llevaba mucho tiempo esperando que alguien abriera esa puerta.
Ricardo giró lentamente hacia mí.
—¿Qué hace usted aquí, viejo metiche?
No contesté.
Solo miré a mi hija y a mi nieto.
—Vénganse conmigo ahora mismo.
Ricardo soltó una carcajada amarga y dio un paso hacia mí.
—De aquí no se va nadie.
Mariana intentó levantarse, pero Ricardo la jaló del brazo con tanta fuerza que Diego empezó a gritar.
Y cuando vi la mano de ese hombre levantarse otra vez sobre mi hija, algo dentro de mí se rompió para siempre.
