Doña Amparo escuchó la frase desde el rincón del pasillo donde dormía, pegada a la pared fría, con una cobija delgada sobre las piernas y su bastón apoyado junto al colchón. No dijo nada. Ya había aprendido que en esa casa, cada palabra suya podía convertirse en pleito.
Hacía un año que vivía con su hijo Luis, su nuera Mariana y sus nietos, Diego y Mateo, en un departamento de una colonia tranquila de Toluca. Antes tenía una casita pequeña, con bugambilias en la entrada y una cocina donde siempre olía a frijoles recién hechos. La vendió cuando Luis le pidió ayuda para comprar un departamento más grande.
—Aquí vas a vivir como reina, mamá —le había prometido él.
Pero la reina terminó durmiendo en el pasillo.
Cada mañana, los gritos de Diego y Mateo la despertaban. Los dos peleaban por entrar primero al baño antes de irse a la escuela. A ella, aunque le dolía la cabeza por el ruido, le alegraba escucharlos. Eran los únicos que todavía la miraban con cariño.
—¡Buenos días, abuelita! —gritaba Mateo—. Dile a Diego que no sea abusivo, siempre se mete primero.
Mariana salía de la cocina molesta, con el mandil amarrado y la cara dura.
—¡Ya cállense! Van a despertar a su abuela.
—Pero si abuelita no duerme bien ahí —respondía Diego—. Hace frío en el pasillo. Debería estar en nuestro cuarto.
Mariana lo fulminaba con la mirada.
—Tú no te metas en cosas de adultos. Tu abuela escogió ese lugar.
Doña Amparo bajaba la mirada. Ella nunca había escogido nada. Mariana había dicho que su olor a pomadas no debía estar cerca de los niños, que su tos podía contagiarles algo, que una mujer mayor necesitaba “su espacio”. Y ese espacio resultó ser un colchón junto al zapatero.
El peor momento del día era la comida. Mariana servía primero a Luis y a los niños. Después, si estaba de buenas, le dejaba a Doña Amparo un plato de avena aguada, sopa sin sal o verduras hervidas.
—Es por tu salud —decía Mariana—. A tu edad no puedes comer como si fueras muchacha.
Doña Amparo había tenido una embolia tres años antes. Su mano derecha temblaba y a veces se le caía la cuchara. Mariana la observaba con asco.
—Come bien. Mira qué ejemplo les das a los niños.
—No es por falta de educación, hija —respondía la anciana—. Es por lo que me pasó.
—Excusas. Si caminaras más, estarías mejor.
—Me cuesta bajar las escaleras.
—Pues otras señoras de tu edad hasta corren en el parque.
Doña Amparo callaba. No quería que Luis discutiera con su esposa. Él trabajaba todo el día en una empresa de materiales, llegaba cansado y confiaba en que Mariana cuidaba de todos.
Pero los niños sí veían.
Una tarde, Mateo metió a escondidas una torta pequeña en la bolsa de la bata de su abuela.
—Guárdala, abue. Para cuando mamá no te dé cena.
Doña Amparo quiso sonreír, pero los ojos se le llenaron de lágrimas.
Esa noche, Mariana la descubrió comiendo un pedazo de pan detrás de la cortina.
—¿Otra vez tragando a escondidas? —le dijo en voz baja, pero con veneno—. No entiendo cuándo te llenas. Luego te enfermas y todos tenemos que cargar contigo.
—Mariana, tenía hambre.
—¿Hambre? Aquí nadie te debe nada. Bastante hacemos con tenerte bajo techo.
Entonces Doña Amparo, por primera vez en meses, levantó la voz.
—Yo vendí mi casa para que ustedes tuvieran este techo.
Mariana se quedó helada. Luego se acercó hasta quedar frente a ella.
—Pues no te preocupes, vieja. Un día de estos te mando a un asilo y se acaba el problema.
Doña Amparo apretó su bastón con la mano temblorosa.
—No lo haces porque necesitas mi pensión.
Mariana palideció de rabia. No respondió. Solo entró a la cocina y empezó a azotar platos.
Esa noche, Doña Amparo no durmió. Entendió que ya no estaba en una casa: estaba atrapada en una deuda de amor que nadie quería pagar.
Y no podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
