Los tres días que siguieron a la revelación del tesoro fueron un calvario de tensiones, lágrimas fingidas y llamadas telefónicas desesperadas. Maribel cambió radicalmente su actitud. De la mujer soberbia que me gritaba en la cocina no quedaba nada; ahora intentaba servirme el desayuno a la mesa, me traía las tortillas más calientes y me llamaba “don Porfirito” con una sonrisa hipócrita que me revolvía el estómago.
—Déjeme limpiarle los zapatos, don Porfirio —me dijo el sábado por la mañana, intentando arrodillarse frente a mí—. Mire que sus manitas están cansadas. Nosotros lo queremos mucho, fue un malentendido de la convivencia diaria, usted sabe que la casa es pequeña y los nervios me traicionan…
La miré fijamente, sin recibirle el café que me ofrecía.
—A mí no me compra tu cortesía barata, Maribel. Durante tres meses me viste como un estorbo. El oro no cambia quién soy; solo cambia lo que ustedes ven en mí. Quítate de mi camino.

Sergio, por su parte, deambulaba por la casa como un alma en pena. Intentaba hablar conmigo a solas, pero yo me encerraba en el cuarto con Santiago. Pasé esas setenta y dos horas jugando con mi nieto, leyéndole cuentos y asegurándole que nunca más volvería a pasar hambre ni frío, ni mucho menos a quedarse encerrado detrás de una puerta.
El lunes por la mañana, un automóvil negro se estacionó frente a la casa. Del vehículo descendieron el licenciado Licón, un viejo abogado amigo de mis tiempos en Zacatecas a quien había llamado el viernes por la noche, y dos hombres corpulentos de una empresa de mudanzas.
Sergio y Maribel salieron a la sala, pálidos al ver el despliegue.
—Papá, por favor, hablemos —suplicó Sergio con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño—. No puedes hacernos esto. Es mi hijo, no puedes quitarme a Santiago, y no tenemos a dónde ir. Los alquileres en León están por las nubes. ¡Soy tu hijo, la sangre de tu sangre!
—La sangre se demuestra con el cuidado, Sergio, no con el acta de nacimiento —le respondí, mientras el licenciado Licón colocaba varios documentos sobre la mesa del comedor—. Tú me considerabas un desecho. Ahora experimenta lo que es buscar un techo por tus propios medios.
El abogado tomó la palabra con voz profesional y gélida:
—Señores, aquí está la notificación formal de desalojo inmediato. La propiedad pertenece exclusivamente a don Porfirio Corona. Asimismo, traemos una medida de protección temporal para el menor Santiago Corona. Debido a los maltratos documentados —el licenciado mostró la bitácora de la escuela donde la maestra de Santiago había registrado los testimonios del niño sobre sus encierros y la falta de cena—, el menor permanecerá bajo la custodia provisional de su abuelo en lo que se desahoga el juicio familiar.
Maribel comenzó a gritar, histérica, maldiciéndome a mí, a la mina y al peral.
—¡Viejo maldito! ¡Nos tendiste una trampa! ¡Te aprovechaste de nosotros! ¡Ese oro es de la familia, debería ser de mi esposo!
—Ese oro es de las entrañas de la tierra, ganado con el polvo que hoy me hace toser por las noches —le contesté con severidad—. No verán un solo centavo.
Los cargadores comenzaron a sacar los muebles que Sergio y Maribel habían comprado. Ellos, humillados ante la mirada de la vecina Conchita —que observaba todo desde la acera de enfrente con la boca abierta—, tuvieron que meter su ropa en bolsas de basura y subirlas al coche de Sergio.
Antes de subir al auto, Sergio se volteó a mirarme. Esperaba ver un destello de arrepentimiento en mis ojos, pero solo encontró la firmeza del cuarzo.
—Destruiste tu propio hogar, hijo, el día que permitiste que la crueldad entrara por la cocina —le dije como última despedida. El auto arrancó, dejándonos a Santiago, al abogado y a mí en el patio del frente.
Esa misma tarde, el licenciado Licón me ayudó a trasladar las monedas de oro a una bóveda de seguridad bancaria blindada. No me quedé con todo el dinero en efectivo; utilicé una buena parte para constituir un fideicomiso educativo irrevocable para Santiago. Su futuro en la universidad estaba asegurado, y nadie, ni su madre ni su padre, podría tocar un solo peso de ese fondo.
Con el resto del dinero, contraté a un equipo de constructores, pero no para hacer una alberca.
Dos semanas después, el jardín trasero lucía completamente transformado. El viejo peral no solo no fue talado, sino que contraté a un agrónomo especialista para que sanara sus raíces, le pusiera abono de primera y podara las ramas secas. Alrededor del árbol, construimos una hermosa terraza de madera con una mesa grande, espaciosa, con capacidad para doce personas, aunque por ahora solo la usáramos dos.
Una tarde de domingo, el sol de León caía con un brillo dorado sobre las hojas revividas del peral. Santiago corría por el pasto nuevo con su pijama de dinosaurios, riendo a carcajadas mientras jugaba con un cachorro que le había comprado.
Preparé la comida yo mismo. Puse la mesa del jardín con manteles limpios y cubiertos brillantes. Serví carne asada, frijoles de la olla y una canasta llena de tortillas de maíz azul, calientes, que soltaban un vapor delicioso.
—¡A comer, Santiago! —llamé con alegría.
El niño corrió hacia la terraza, se lavó las manos en la fuente nueva y se sentó justo en la cabecera, frente a mí. Me miró con sus ojos grandes y puros, luego miró el plato lleno de comida caliente y sonrió.
—Abuelito, ¿estas tortillas son las de hoy? —preguntó con inocencia.
Le tomé su pequeña mano entre mis manos toscas y mineras, apretándola con ternura.
—Sí, mi amor. En esta casa, de ahora en adelante y mientras yo viva, las tortillas recién hechas siempre serán para ti y para mí. Ya nunca más habrá rincones oscuros, ni comidas frías, ni silencios que duelan.
Santiago tomó una tortilla, le puso un pedazo de carne y le dio un gran mordisco. Luego miró hacia arriba, contemplando las ramas del peral que se mecían suavemente con el viento de la tarde, dándonos una sombra fresca y protectora.
—Tenías razón, abuelito —dijo el niño con la boca medio llena—. Los abuelos sí son como los árboles grandes. Aunque los quieran cortar, sus raíces son tan fuertes que se quedan para siempre para cuidarnos.
Un par de lágrimas corrieron por mis mejillas arrugadas, pero esta vez no eran de tristeza ni de humillación. Eran lágrimas de un hombre que había bajado a lo más profundo de la tierra para extraer la riqueza, pero que solo al final de su vida, bajo la sombra de un árbol y frente a la sonrisa de su nieto, había descubierto el verdadero valor del oro.
