El sol iluminaba los enormes ventanales de la oficina principal del Grupo Salazar, en lo más alto de un rascacielos en Paseo de la Reforma. El diseño interior ya no tenía los tonos grises y fríos que Rodrigo Armenta había impuesto. Ahora, la madera de caoba y los acentos en verde esmeralda dominaban el espacio.
Mariana estaba de pie frente al ventanal. Llevaba un traje sastre color marfil de corte impecable. Su postura era recta, orgullosa. Las cicatrices de su espalda, ocultas bajo la fina seda, eran un recordatorio diario, un mapa de su supervivencia.
La puerta de caoba se abrió. Entró Toño. Ya no llevaba uniforme de chofer. Vestía un traje a la medida y en su solapa brillaba un pequeño pin de jade. Ahora era el Director de Operaciones de Seguridad del corporativo.
—Señora Mariana —dijo Toño con su tono respetuoso de siempre—, el licenciado acaba de llamar. La sentencia fue dictada.

Mariana se giró lentamente, sirviéndose un poco de agua en un vaso de cristal. —¿Y bien?
—Cuarenta años, sin derecho a fianza. Fraude corporativo, intento de homicidio, lavado de dinero y la nueva evidencia que el señor Aurelio “encontró” sobre el accidente automovilístico de sus padres. Lo van a trasladar a la prisión de máxima seguridad en Almoloya esta misma tarde. Dicen que Rodrigo lloró en la sala del tribunal.
Mariana asintió, su rostro inescrutable. No había felicidad ni tristeza. Solo un equilibrio cósmico que por fin se había restaurado. —¿Y de Camila Robles se sabe algo?
Toño sonrió levemente. —Intentó vender sus bolsos de diseñador para pagar la renta de un cuarto en Tlalnepantla, pero resulta que todos eran piratas. Nadie le contesta el teléfono. Las agencias de relaciones públicas tienen orden estricta de vetarla de por vida, cortesía de su abuelo.
Mariana caminó hacia su escritorio. Sobre él descansaba la caja de madera de su clóset, y junto a ella, el dije de jade verde. Ya no necesitaba esconderlo en el sótano. Ahora estaba a la vista de todos, como el símbolo de la mujer que había dejado de ser una víctima para convertirse en la emperatriz de su propio destino.
—Excelente, Antonio. Prepara el auto. Hoy voy a comer con mi abuelo en Puebla. Tenemos que revisar los números de las nuevas fábricas.
Toño asintió, dándose la vuelta para salir. —Con permiso, jefa.
Mariana Salazar se sentó en la silla de cuero. Acarició el jade verde con el pulgar. El aire en la habitación era ligero, limpio. Tomó una respiración profunda, llenando sus pulmones por completo, sin dolor, sin miedo. Había recuperado su voz, su nombre y su imperio. La niña del jade, finalmente, podía respirar en paz.
