Vivian no se detuvo tras la incisión. Con los dedos bañados en la pequeña cantidad de sangre del corte superficial, extrajo una jeringa oculta de su bota que contenía atropina pura, calculada milimétricamente para el peso de un lactante. La clavó con precisión quirúrgica.
El monitor de respiración que Vivian misma había instalado en secreto días atrás comenzó a estabilizarse. El pitido errático se transformó en un ritmo constante y saludable. El color rosado regresó a las mejillas de Leo, quien emitió un quejido débil pero lleno de vida.
Dante se acercó a la cuna, su rostro usualmente inexpresivo estaba desencajado por una mezcla de pavor y asombro. Miró a su sobrino, luego a Vivian, y finalmente descendió la mirada hacia Clara, que seguía en el suelo, petrificada.
—Sal de la habitación, Clara —ordenó Dante. Su voz ya no era de furia; era la voz de la muerte misma, baja, pastosa y definitiva.

—¡Señor! Ella lo ha manipulado… —comenzó a sollozar la criada, pero Dante levantó una mano, y dos guardias de elite que habían aparecido en el pasillo la levantaron del suelo bruscamente.
—Llévenla al sótano tres. Que Sal Ricci se encargue de interrogarla —dijo Dante, probando la lealtad de su segundo al mando.
—No será necesario que Sal la interrogue —intervino Vivian, limpiando el escalpelo con un pañuelo de seda blanco—. Porque Sal es quien firmaba sus cheques.
Vivian sacó un fajo de papeles impresos de su chaqueta y se los arrojó al pecho a Dante. Él los atrapó en el aire. Sus ojos recorrieron las transferencias bancarias cifradas, los códigos de acceso de los servidores de la mafia y las grabaciones de audio que Vivian había interceptado esa misma mañana donde Clara coordinaba la entrega del último lote de oleandro con los hombres de Ricci.
El silencio que inundó la guardería fue sepulcral. Dante Moretti, el hombre que controlaba los hilos de todo el norte de la ciudad, acababa de descubrir que el enemigo no estaba en las fronteras de Canadá, sino compartiendo su mesa y cuidando a su sangre.
Dante caminó hacia Vivian. La diferencia de altura era imponente, pero ella no retrocedió ni un milímetro. Por primera vez en meses, él la miró de verdad. No como una pieza de ajedrez político, no como la “Reina de Hielo” enviada por un rival, sino como la mujer que acababa de salvar su legado con la mente más fría del estado de Illinois.
—Me salvaste —dijo él, su voz era un susurro áspero.
—Salvé al niño —corrigió Vivian, guardando su instrumental—. Tú no me importas, Moretti. Pero odiaría que mi nombre quedara manchado por la incompetencia de tus sistemas de seguridad. Tu alianza con mi padre sigue en pie. Pero las condiciones cambian desde hoy.
Dante esbozó una sonrisa oscura, la primera sonrisa genuina que mostraba en años. El respeto en el mundo de la mafia no se ganaba con amor, se ganaba con poder y eficacia. Y Vivian Ro tenía ambos en exceso.
—¿Qué quieres? —preguntó él.
—A Sal Ricci —respondió ella sin pestañear—. Su ejecución será el regalo de bodas para mi padre. Y a partir de mañana, yo manejo la logística de la frontera. Ya no soy tu prisionera, Dante. Soy tu socia.
Dante guardó su arma, extendió la mano hacia ella y, por primera vez, el hielo de Vivian se encontró con el fuego de los Moretti en un pacto definitivo.
—Trato hecho, mi Reina —concluyó Dante, sellando el destino de la ciudad.
